viernes, septiembre 21, 2007

Hay que tener fe

Imperator me dejó esta perla en los comentarios de la entrada anterior:

Puede haber momentos duros, puede haber períodos de estancamiento pero la nuestra es una historia de progreso y superación, reventando trabas una detrás de otra. Y tengo fe en que este planeta se nos quedará pequeño, y saldremos de él y llevaremos la antorcha de nuestros ideales a otros rincones del universo.

Sí. Sí y sí, rotundamente. Me encanta.
Intentar juzgar adecuadamente el presente nunca es sencillo porque nos falta perspectiva para ello. A fin de cuentas estamos inmersos en él. Pero me siento animado a dar a conocer mi personal ilusión acerca del futuro.

Yo tengo fe en que el ser humano conseguirá la sabiduría necesaria para encontrar su lugar en el universo sin necesidad de automutilarse, sin necesidad de sentirse esquizofrénico. Y que cuando lo haga podrá enfrentarse a cualquier pregunta o reto que venga porque tendrá todas sus facultades para hacerle frente. Porque habrá superado el reto de haber vencido sus propios fantasmas; tendrá la corona de laurel de haber sobrevivido a sí mismo.
Este es el legado que me gustaría dar a mis descendientes.

viernes, septiembre 14, 2007

Frase de Quino

"A mí lo que me preocupa es cómo nos estamos pareciendo a lo que no queríamos."


Esto no es nuevo. Hay veces en la vida en que nos miramos al espejo y descubrimos que, sutilmente y sin darnos cuenta, estamos derivando hacia esa roca que sobresale amenazante entre el oleaje. Las acciones propias, destinadas a evitarla no hacen más que acercarnos más a ella. Sí, no es algo nuevo.

Hace unos días estuve pensando acerca del papel de la moral en el mundo en el que vivo. Y bueno, se me cayó el alma a los pies.

Ese día leí un artículo de opinión de El País en el que tocaba varios temas importantes y profundos. De todo él me quedo con una idea que puede ayudar a averiguar cómo hemos llegado a la presente situación: el siglo XX ha servido, entre otras muchas cosas, para que el ser humano se asuste de sí mismo, se quede perplejo de las barbaridades y atrocidades de que es capaz, haciendo que abandone la idea de nuevos grandiosos proyectos y permitiendo que se haga un ovillo en el fondo de su cueva con jacuzzi. Dos guerras mundiales, el fracaso en el entendimiento entre los pueblos, el terrorismo como problema global... y aquí estamos, en el inicio de un nuevo siglo del que han pasado ya siete años y sin que haya habido ninguna mejora palpable en la situación, sino todo lo contrario.

El otro día ví 2010, Odisea dos, y me embargó la tristeza más profunda. No me sentí con fuerzas para ver 2001. Solamente me puse las escenas del mejor baile espacial de toda la historia:


Sí, hay erosión y cansancio. Lo noto en mí mismo y a mi alrededor. Nunca, jamás, he visto a tanta gente echar de menos los tiempos en que vivía el dictador, y lamentablemente no puedo achacarlo a la nostalgia de los que opinan eso. No, tiene que haber algo más. Nunca, jamás, he visto a tanta gente desorientada acerca de lo que está bien y lo que está mal, acerca de lo que es blanco o negro, acerca de el lugar que ocupamos en el universo y de lo que el universo opina de nosotros.

Nos estamos yendo, sin quererlo claro, pero nos estamos yendo de aquí. Nuestras piernas nos sostienen cada vez menos firmemente en esta tierra, debilitadas por siglos y siglos de darnos de cabeza con los mismos problemas y de seguir sin encontrar soluciones que podamos aplicar. No me extraña que cada vez estemos más dispuestos a creer lo que nos sirven por la tele, total... ¿qué más da creer en eso que en cualquier otra cosa? Es tan cansado pensar, es tan horrible saber que no sirve de demasiado... sí, es perfectamente entendible.

Yo he nacido cansado. Y llevo estando cansado todos los días de mi vida y sin saber por qué es así. Llevo estando cansado antes siquiera de saber lo que era estar cansado, pero es así. A veces tengo la sensación de que eso mismo es lo que le ocurre a todo el mundo a mi alrededor. Y cada vez el cansancio es mayor y la tolerancia es menor. Cada vez hay menos energía y menos lugar para las preguntas, para la mente inquisitiva, para intentar hallar las propias respuestas a la vida.

Escribo cansado, sabiendo que miles, cientos de miles de personas mejores y más capaces que yo se han sentido así, han buscado la respuesta y han fracasado. Siento las miradas de todos los grandes filósofos, de todos los grandes pensadores, observandonos desde el Hades, moviendo la cabeza con pesadumbre y pensando, pensando en si ha merecido la pena, en si el ser humano es merecedor de encontrar alguna vez alguna respuesta o si su destino es tener siempre la incertidumbre y el vacío llamando a la puerta de su casa.

Yo también me lo pregunto cada día.

miércoles, septiembre 05, 2007

Calle Melancolía

Una de las razones por las que me siento unido a esta ciudad es porque siento que cada calle puede ser en cualquier momento esa calle a la que cantaba el maestro de Úbeda. Puedo salir a buscar esa sensación en cualquier momento y sé que la ciudad me va a responder con una sonrisa triste y melancólica, con una sonrisa que recuerda las cosas buenas, buenas porque fueron, simplemente fueron una vez, ahí, y ahora ya no están.

Pero este fin de semana ha sido distinto. Ese misterioso ente que ha tocado con su mano tantas esquinas oscuras, tantas ventanas demasiado altas, tantas aceras y farolas, se ha venido a mi calle y se ha sentado a mirar mi puerta. Este fin de semana mi calle ha sido Calle Melancolía. Un lugar para el recuerdo, un espacio que te da espacio para echar de menos, menos que nada. Pero todo. Un vacío que va más allá del vacío entre cuatro paredes, donde tambien hay cuatro dimensiones, y donde la cuarta saca a la palestra su prerrogativa de recién llegada y viste su oscura y larga capa de gala que llega desde el ahora y se pierde a lo lejos, en el olvido. Nunca la cuarta dimensión Einsteninana ha tenido tanta importancia como aquí, en Calle Melancolía, donde se aparta de su origen relativo y relativista, donde es la dueña y señora absoluta del universo. Aquí, vestida en su capa hecha de hebras de recuerdos, se pasea entre las sombras que pueblan los pasillos, y se acuesta a mi lado, en mi cama alquilada.

Es hermosa. La abrazo, y ella me cubre con su capa, aunque sé que nunca me dará más calor que un recuerdo.